La opresión de la gente LGBTQI+ no es un debate cultural aparte de la cuestión económica. Es una herramienta de la clase dominante. Funciona dividiendo. A clase la trabajadora se le enseña a temerle a su compañere trans antes que al patrón que les paga menos a ambes.
Mientras peleamos entre nosotres, no peleamos contra quienes nos explotan. La derecha lo sabe — por eso cada ofensiva contra los derechos LGBTQI+ aparece pegada a ofensivas contra los derechos sindicales, los derechos reproductivos, la salud pública, la educación.
Es la misma lucha. La liberación viene del mismo lugar.
Tiene nombre — la derecha organizada — y tiene presupuesto, cabilderos, y representación en el capitolio. Lleva años empujando contra los derechos LGBTQI+, contra la educación con perspectiva de género, contra la autonomía corporal.
Esta gente avanza cuando no le hacemos frente. Con leyes, con currículo, con discurso en los medios, con presión sobre cada legislador que se preste. La estrategia es de largo plazo y la han ejecutado con paciencia.
Marchar en Orgullo es plantarse contra ese proyecto. En la calle, en pie de lucha.
Mientras marchamos en Puerto Rico, las leyes anti-trans avanzan en Texas, Florida, Tennessee, y dos docenas de estados más. Hungría prohíbe el Pride directamente. Italia desmantela protecciones LGBTQI+ que tomaron décadas en construir. El reflujo es internacional y coordinado — los mismos think tanks, las mismas iglesias, las mismas redes de financiamiento.
Pero también lo es la resistencia. Cada Orgullo que sale a la calle en este momento — en San Juan, en Budapest, en Roma, en Tegucigalpa, en Buenos Aires — es parte de la misma cosa. Nadie pelea esto sola. Y nadie tiene por qué.
El internacionalismo no es decoración del programa socialista. Es supervivencia.
No tenemos un programa de cinco puntos sobre los derechos LGBTQI+. Tenemos compromisos. Son los que nos guían cuando hay que decidir dónde plantarnos.
No aceptamos el Pride desactivado políticamente que el mercado nos quiere vender. La versión donde la única demanda es que nos dejen consumir tranquiles. Donde el banco que financia el desplazamiento de barrios populares pone su logo en arcoíris una vez al año. No es un Pride de marcas. Es un Pride de pueblo.
No aceptamos la solidaridad performativa. Lo decimos en junio porque lo decimos todo el año. Pride no es nuestro mes de marketing. Si las palabras no señalan trabajo concreto, no valen la página.
No aceptamos que esto ya esté ganado. Cada derecho que parece consolidado es un derecho que la derecha se está organizando para revertir. Lo vimos con Roe v. Wade. Lo estamos viendo con las leyes anti-trans. Nos toca acá también, antes de que nos coja por sorpresa.